lunes, 26 de septiembre de 2011

Swirl. (XII)

Al ver la hoja así fue como recibir un golpe directo al corazón. Me dio pena y tristeza. Era como si hubiera cogido cariño a la hoja.
Entonces me harté de no saber lo que estaba pasando y aplasté la hoja. Esta se hizo añicos y cada pedazo cayó al suelo convirtiéndose en cenizas durante el descenso.
Las cenizas del suelo comenzaron a revolotear y formaron un remolino que iba creciendo a cada segundo que pasaba. El remolino crecía y crecía hasta que llegó a medir alrededor de veinte metros. Era una magia muy sorprendente.
Yo permanecí perplejo, de pie, con los ojos como platos, hasta que dicho remolino me absorbió.

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