Entonces sentí como si algo me traspasara el alma. Un inmenso dolor me atravesó el pecho y me desplomé.
Pensé que me había quedado sin fuerzas, pero al instante me repuse. Y al levantarme, fue cuando sentí ese dolor de nuevo. Esa vez no caí al suelo, pues fue menos intenso, pero sí me hizo tambalearme.
Cuando me recuperé del segundo golpe, observé el hueco que mi cuerpo había dejado en la nieve, y, mágicamente, la forma era la de un ángel, como la que hacen los niños al jugar.

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